Va y ven, vaivén.

Lo que aparece de un lado a otro de la banqueta y del internet
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Chuladas

TODOS LOS QUE asistimos desde hace ya algunos años a los éxitos del cinematógrafo nos hemos preguntado: ¿Cuándo podrá unirse en alguna forma a este admirable aparato otro más admirable aún: el fonógrafo? Y hemos imaginado lo que sucedería entonces. La historia del mundo referida —¡por fin!— tal cual es y no tal cual la han cocinado y aderezado los hombres.

—¡Ah! —hemos exclamado—. ¡Qué lástima que en los tiempos de Alejandro, de Augusto, de Napoleón siquiera, no se hubiesen inventado aún el cinematógrafo y el fonógrafo!.

Pues bien, los dos aparatos se han unido, y la otra noche, en Madrid, pude asistir a los experimentos de perfección impecable hechos con un cinematógrafo y un gramófono alemanes, sincronizados por medio de otro aparato, muy sencillo por cierto, y que es invento de una berlinesa.

Al propio tiempo que se tomaron las películas, todas de escenas teatrales líricas o dramáticas, se imprimió en los discos la voz del actor o de los actores, y cada cinta y cada disco correspondiente se sincronizan después por medio de un simple hilo eléctrico y de un ingenioso aparato regulador.

El gramófono y el cinematógrafo empiezan a marchar en el mismo instante, lo cual se logra con suma facilidad; pero si por error de un segundo no marchan sincronizados, si la voz se oye antes o después de verse el respectivo movimiento de los labios que las articulan, el regulador lo arregla todo, haciendo correr un poco más de prisa el disco o la cinta hasta que la identidad es perfecta.

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Como se trata de un excelente gramófono y de un excelente cinematógrafo; como aquél está perfectamente disimulado tras la pantalla, de suerte que el público no lo ve; como, por último, merced al alejamiento normal de doce metros, el espectador contempla las figuras de tamaño natural, la ilusión es completa, la boca que se mueve para articular una palabra conocida parece pronunciar en aquel instante la palabra misma.

Escuchamos «con los ojos» y con los oídos…

Añádase a esto las películas coloridas, y ahí tenéis la realidad, la vida, que pasa frente a vosotros, tal cual es, tal cual fue, mejor dicho. La perennidad del instante efímero, lograda para los pósteros. La historia de este siglo nervioso, creador, tan lleno de sorpresas, estudiada sin error posible, a la vista de las masas y a la medida de su comprensión.

Pastores de pueblos, apóstoles de ideas, coordinadores y asociadores de fuerzas, inventores de mecánicas peligrosas, héroes, mártires: ya no más seréis calumniados, mal conocidos, pospuestos, supeditados a glorias de oropel.

Un disco y una cinta de materia frágil, pero indestructible al propio tiempo, han bastado para guardar al par de los bronces vuestra fisonomía, vuestra actitud, vuestras palabras y vuestros hechos para el porvenir.

El hombre es imperecedero ya, merced al sincronismo de dos aparatos familiares: ¡La muerte ha sido vencida!

¡Seguiremos viendo y oyendo a los seres que admiramos y amamos, y será como si no se hubiesen extinguido!

Que el fantasma se mueva y hable gracias al sortilegio de una cima y de un disco, o que hable y se mueva gracias a ese otro sortilegio de la energía almacenada en un cuerpo, y que constituye la vida… ¡Qué más da!

Los mismos sentidos que se dieron cuenta de que existía; los mismo sentidos, gracias a los cuales existió de hecho para nosotros, seguirán dando fe de que se mueve, de que sonríe, de que gesticula, de que habla, con la propia unidad con que ejecutaba estos actos antes de volverse polvo…

—Amado Nervo.

(Para Montiel que en cuanto lo leí hoy, pensé en él).

La comida ritual pame: Los bolimes

¿Quieren?

A veces me invade la tristeza, me duele recordar aquellas épocas que nunca conocí y los lugares que nunca visité. Extraño esos tiempos donde las cartas de amor se esperaban por días, con un suspiro contenido mientras la vida pasaba; en el sobre tal vez vendría alguna fotografía en tonos sepia, se soltaba el suspiro y se rezaba porque en vivo fuera así de galán, así de serio pero no tan tieso como su pose.

Mamá recuerda haber visto las cartas de amor de los abuelos. No recuerdo qué decían, pero se hablaban de usted. Mejor que mamá no se acuerde, estaría tentada a escribir lo que con trazos irregulares, faltas de ortografía y sus modos de hablar se decían. Y, sin embargo, me intriga. Me dan curiosidad los ojitos con los que la abuela respondía a las acciones torpes del abuelo, a sus palabras y a sus gestos. Cómo fue ese cortejo con el que la joven se fue hasta el fin del mundo con ese señor.

Extraño esas épocas donde el cortejo era como esa leyenda: La muchacha que escucha esta canción por primera vez y lo hace por boca de un hombre, queda irremediablemente unida a él por lazos de amor. Peligroso, un acto de brujería decía Emilio Tuero. Siempre imagino que el abanico es clave en ese tipo de cortejos, cumple la misma función de una mano tímida, de un rebozo que cubre el rostro sonrojado, la sonrisa que delata o un beso que sólo el destinatario puede ver. Es también el cómplice en las malas, quien lanza aire a los ojos llorosos para evitar que el rebozo atrape una lágrima en la mejilla.

El abanico espanta. Ahuyenta a los mosquitos, la humedad del lugar, el calor que provoca una mirada, el sudor tras una larga caminata. El abanico crea. Lanza aire al anafre, da vida al carbón, cocina la masa de las tortillas y esparce el copal. Los abanicos son esas aves que de incógnito siguen con el viento para comunicar en secreto a los amantes, son los amos que controlan el fuego y el calor.

¿A dónde se fueron esos tiempos de miradas fugaces y palabras lentas? ¿A dónde se fueron esas caminatas con un abanico en mano? ¿A dónde se fueron esas aves que acompañaban los cantos peligrosos que enamoraban a las muchachas? A veces se lo pregunto al viento, con un abanico de plumas que cambia a capricho su color.

Abanico

Plumas de pava y faisán cosidas con rafia trenzada a mano sobre un arquito de madera. Mango de cañones de plumas dobladas y atadas con rafia trenzada a mano. San Juan Teotalcingo (Santiago Choapam), Oaxaca, Chinanteco, 2011.

Ayer que fue la entrega de los Óscares, en un sumplemento del periódico «Reforma» venía un artículo dedicado a la vida amorosa de Alfonso Cuarón. Se detallan las relaciones amorosas del ganador del Óscar, con quién, cuándo, cuántos hijos, cómo se conocieron, anécdotas, etc. Todo un viaje al corazón de Cuarón.
Justo esta misma semana en la Feria Internacional del Palacio de Minería se presentaron varios libros sobre cine: documental, cine soviético, cine mexicano, incluso una edición fascimilar de un pionero de la crítica cinematográfica. ¡Qué bien! La verdad me emociona mucho aunque me intriga: ¿Cuál es el público de estos libros, quién los leerá, con qué objetivo, quiénes son los seres escondidos que hacen críticas e investigaciones sobre cine, dónde más se muestran, son investigaciones o recopilaciones de títulos?
Ayer mientras desayunaba y leía sobre la vida amorosa de Cuarón, pensé: “¡Esto le falta al cine mexicano, no los libros!”.
Por supuesto, no es tajante mi opinión, aprecio mucho los esfuerzos teóricos y críticos sobre el tema; me gustan las investigaciones serias sobre cine pero… También es necesario lo otro, EL MORBO.
El medio del cine mexicano es tan cerrado que no pocas veces he escuchado: Juan tuvo un hijo con Carla, yo ando con Carlos, antes Carlos andaba con Carla y Juan andaba con mi hermana. ¿Se imaginan el potencial del morbo?
Hollywood nació gracias a muchas cosas, entre ellas: los mitos de acoso, amantes, orgías, drogas, alcoholismo y el amor rosa (ja). El morbo vende. Por segundos lo imaginé: ¿Con quién ha andado Irene Azuela, comparte exnovios con Mónica del Carmen? ¿En dónde suele cenar Harold Torres? Conozco a más de tres mujeres que irían a los restaurantes favoritos de Tenoch Huerta ‘a ver si se lo encuentran’. ¿Quién es la compañera de gimnasio de Andrea Portal, de Naian Daeva, van juntas? El morbo contribuye a crear un star system; un star system crea industria. El morbo crea industria.
Solicito fotógrafo paparazzi.
Necesito formar un equipo editorial, uy, ojalá lo apoye el Fonca.
Pd: También es necesario que un miembro del equipo viva en la Condesa. Se aceptan propuestas.

Escuchar es un talento que cuando se obtiene, se vuelve uno de los placeres más satisfactorios y sencillos de la vida. O eso digo yo, una miope que si se quita los lentes ahora no podrá distinguir nada, ni las letras de este texto; sólo verá manchas oscuras sobre un fondo blanco.

Una citadina como yo está acostumbrada al ruido. A dormir en medio del estruendo vecinal, el tránsito y todo aquello que concentre una gran cantidad de decibeles. Cuando todo está en silencio, despierto. Hace años cargaba con mis audífonos a todas partes; hay calles, vagones del metro y peseros que por muy distantes que estén, recuerdo con las mismas canciones. Luego, todo cambió. No sé exactamente cuándo ni cómo. Un día descubrí una charla curiosa en el pesero, un balazo en el metro, un claxon divertido y la alarma de una grúa. De repente, tras el sonido de mis pasos, descubrí el silencio en lo alto de la sierra, el arrullo de la cascada, el menear de los árboles y comencé a disfrutar del silencio de la noche: el paso del agua en las tuberías, el motor del refrigerador, los grillos veraniegos y hasta el zumbido molesto, señal de que alguien con la panza llena de sangre va satisfecho a descansar o a seguir con el festín en mis piernas.

El amanecer siempre llega con dos sonidos: los ladridos de mis perros y el canturreo de los pájaros. Desde que iba a la primaria podía saber la hora según el trino de las aves (y no de los gallos, que por aquí no hay). Los pájaros de por aquí no son espectaculares ni de colores brillantes, son grises y gordinflones, no sé si para combinar con los citadinos o con el smog. Aún sin verse bellos crean un fantástico ensamble musical, a veces llegan las percusiones, los colibríes marcan el ritmo con sus alas al tener el redoble más rápido del aire. Los petirrojos son los oboes, por su rostro colorado y los cachetes inflados. Luego viene un cuervo que con su graznido hace volar a todos los pájaros al cable más cercano, seguro es algún instrumento de metal, la trompeta.

Hace pocos días descubrí un nuevo canto, en otras partes de la ciudad he escuchado uno similar pero a mí me gusta la versión de mis vecinos; tienen su estilo estos “intérpretes desconocidos”. He buscando a los cantarines pero mis ojos miopes no los hallan, así que concluyo que ese canto es producto de unos pájaros migrantes, los recién llegados se han unido al ensamble local. Cuando yo los tomo son unas sonajas indefensas que responden al ritmo de mis muñecas; por las mañanas, mis ojos miopes no alcanzan a ver cómo salen de casa y agitan sus plumas de colores brillantes en el cielo gris de la ciudad.

Cantarines

Fibra en color natural y fibras teñidas con anilinas tejidas a mano; semillas y plumas sintéticas. Ixmiquilpan, Hidalgo, Otomí, 2011.

Los árboles retorcidos tienen un encanto que no poseen todos los árboles por muy viejos o altos que sean. Las ramas de esos se enredan entre ellas mismas como si con sus nudos suplieran a las hojas que, invariablemente, caerán; como si no soportaran los espacios vacíos, como si se dieran cuenta que también son árbol, aire y tierra. Cada quien sus perversiones, pero lo retorcido siempre tiene algo… me decía una amiga con una sonrisa desquiciada mientras sus dedos (por cierto, retorcidos) se movían al ritmo frenético de sus pupilas …seductor.

Los árboles saben seducir al ser humano, algunos dicen que así pecó por primera vez; otros, que gracias a uno de sus frutos nació la ciencia y para muchos es la representación del cosmos; el Axis Mundi que comunica a la Tierra con el Inframundo y el Cielo. Los árboles también dan sombra, alimento, casa y vestido ¡Cómo no iban a seducir!

El “quechquemeque”, como lo llamaba Fray Bernardino de Sahagún, tal vez nació de un árbol; al descubrir que esa fibra esponjosa del algodón podría servir para hacer dos lienzos rectangulares que cubrieran el pecho. “Quechquémitl” le dicen en algunas partes del país, para otros es poncho, quisquem, jorongo, campanita, chal, tapuú… No importa cómo se le llame, es mi prenda favorita del mundo indígena porque no hay nada que se le parezca, no es huipil, ni capa, ni rebozo, ni suéter, ni chaleco. Es todos y ninguno.

Otra cosa que me gusta de los quechquémitl es que son como los árboles, el Axis Mundi representado en una prenda que puede usarse a los hombros, en la cabeza, colgada al cuello; con los picos al frente o a los lados… El uso es libre e incluso la decoración, pero hay elementos que permanencen, las figuras y los colores llenan todo el espacio en blanco del quechquémitl; a pesar del caos (o gracias a él) la cosmovisión de una comunidad está siempre presente aunque no lo parezca a primera vista. El mundo indígena es como ese árbol retorcido que nunca puede estar quieto, sus ramas conectan los tres niveles y sólo esas mentes seductoras (o retorcidas) tienen el poder de darse cuenta que al llenar el vacío forman parte del caos, del cosmos.

Quisquem

Quechquémitl. Tela de cuadrillé bordada en punto de cruz con estambre. Concepción Reyes. San Luis Potosí. Huasteco. 2011. 

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De grande quiero ser esa niña de falda larga. Cuando dé vueltas hasta marearme, los olanes bailarán con el aire y los triángulos de las orillas se volverán manchas borrosas. Mis piernas estarán cubiertas con metros de tela pero serán capaces de correr grandes distancias, en toda una planicie o en los montes de la sierra.

De grande quiero ser esa niña que antes de estudiar para exámenes de matemáticas, hace sumas, restas, multiplicaciones y divisiones con las manos. Mis dedos sostendrán un pedazo de tela, un hilo, una aguja, el machete o la lanzadera del telar; contaré y a través de los números haré figuras con el algodón, desde un triángulo y una flor hasta un águila, un río o la Sierra Tarahumara.

De grande quiero ser esa niña que juega mientras ayuda al trabajo de la casa. Ayudaré a mi madre a tejer, a cocinar, en el hogar o en el campo. No entrecerraré los ojos cuando me dé el sol de frente, me saldrán unas tortillas perfectas de esas que se inflan con el calor del comal y sabré distinguir los diferentes chiles, mezclarlos y hacer una salsa picosita. Mis manos estarán acostumbradas al trabajo con la tierra, el agua helada, el frío, el fuego y la oscuridad que cae a las siete de la noche.

De grande quiero ser esa niña que habla en una lengua rápida con sonidos siseantes, no leeré muchos libros porque habrá pocos en mi idioma, pero platicaré con los vecinos o la gente de mi comunidad; los conoceré y me relacionaré con ellos. Cantaré y bailaré en las fiestas, sonreiré y me divertiré con la música de banda, los sones y hasta el rock.

De grande quiero ser esa niña que admiro tanto. Me falta mucho por crecer.

Niña

Tela industrial y estambre cosido a mano. Chihuahua, Tarahumara, 2011.

Casi a la vuelta de la esquina, en el Parque Hidalgo de Pachuca, distinguí sus corsés disimulados en telas brillantes; caminaban con gracia y sus faldas largas parecían flotar al ritmo del viento que meneaba sus largos cabellos negros. ¡Qué hermosas son las mujeres seri! Me cautiva el color de su piel, el tostado rojizo por su estancia a la orilla del mar; su larga estatura y su rostro duro que rápidamente se desdibuja con una sonrisa. También me deslumbra lo que durante generaciones han logrado, los grandes cestos con más de un metro de diámetro, las Saaptim.

La cestería en el noroeste de México es espectacular, las grandes creaciones pápago, kumiai, seri, pima, tarahumara y mayo. Es sólo a través del arte que puedo conocer estos lugares tan lejanos. Las canastas y coritas no son sólo un utensilio. El silencio, la concentración, los sentimientos y el trabajo constante se vuelven un camino para cada mujer, su familia y la comunidad que festeja cuando se inicia una canasta y cuando se termina. Como las grandes artistas que son, dejan su vida, su visión del mundo en una fibra que se va enrollando en la espiral que da vueltas y vueltas, como nuestros pensamientos, como los pasos y no sólo eso; las formas y colores van marcando los caminos paralelos y alternos de la vida. Hasta que la muerte llega, el fin del ciclo donde la fibra “muere” para dar paso al cesto que nace, como el cordón umbilical que muere para dar un hijo. Y mientras se dan las últimas puntadas de la canasta, hay fiesta.

Las conchas, las cuentas de plástico, las semillas y hasta las vértebras de las serpientes formaban largos collares que la gente se detenía a ver, se llevaban uno o dos… Se iban. Mis ojos se perdieron en los cestos. Era tal la admiración y la sorpresa que me quedé muda. Sólo mis manos y mis ojos estaban despiertos, se perdían en el ir y venir del torote, en cada vuelta. La mujer seri me veía con curiosidad, yo no sabía qué corita escoger, charlaba un poco con ella hasta donde mi mente era capaz de sobreponer una plática a esa emoción que sentía. Quiero un saaptim, sonreí y su rostro lanzó (sí, una vez más) esa sonrisa enigmática; tal vez con un poco de tristeza, de burla a mi ingenuidad y de gusto ante mi deseo, se rió. ¡Uy!, si esas son muy difíciles de conseguir, incluso allá, es que es mucho mucho trabajo.

Pero son increíbles. Volví a mirar las cestas, me gustaban dos; esta, me decidí por la pequeña. Me miró y tras sus dientes se ocultaba una sonrisa cómplice esa es la mejor de todas. ¿Qué la hacía la mejor: sus colores, su forma, la finura del trabajo? Podría haber muchas respuestas, en ese momento no se me ocurrió preguntarlo pero me gusta pensar que es la mejor de todas porque tuvo la aprobación de ella, como cuando alguien a quien admiras te dice Lo hiciste bien. Es la mejor porque tuvo la fortuna de viajar por un camino alterno y llegar a casa.

No será la cesta más grande, ni más las espectacular ni la más laboriosa; pero es la mejor.

Hasaj Hanóohcö (Corita)

Tiras de torote natural y teñidas con cosahui y uña de gato, tejidas en técnica de espiral. Sonora, Seri, 2011.

Otra vez estoy desnuda.

Después de andar en la calle todo el día no encuentro nada más relajante que acostarme sobre la cama, totalmente desnuda.

Las sábanas están frescas, la tela es suave y tengo libertad para moverme; mi cuerpo no está atado a la opresión del pantalón de mezclilla, no temo ensuciar la cama con los zapatos enlodados, tampoco arrugo mi blusa ni enredo los aretes con mi cabello. Estar totalmente desnuda es no traer nada más, lo único ajeno a mí es el barniz púrpura que está sobre mis uñas de los pies y de las manos. No me molesta.

Imagino que soy una diosa romana. Recostada sobre una tela roja y sedosa, viendo al frente con la mirada perdida y la sonrisa pícara de quien se sabe observada.

Lo que más disfruto de mi cuerpo desnudo es sentirlo.

¡Qué cosa tan más absurda! Si el cuerpo siempre lo traigo, pero no es lo mismo.

En mi desnudez, puedo sentir cada movimiento. Si flexiono una pierna incluso puedo mirar cómo se hace ese pliegue entre el muslo y mi vientre; mi piel se estira y los lunares bailotean por una milésima de segundo.

En mi desnudez, soy consciente de cada fragmento de mi piel.

La abuela de mi amiga encabezaba el recorrido, su sombrero viejo de palma le cubría todo el rostro y parte de la espalda. Mi amiga llevaba una gorra que hacía juego con el rojo intenso de la bolsa de mandado; cargaba nuestro lonche, tortas de frijol con queso y pan dulce. Yo traía un morral con los vasos y el agua, caminaba casi con los ojos cerrados, me molestaba el sol brillante en la cara, se burlaba de mí y decía: No te quejes, si los lugareños se cubren del sol, cúbrete.

Que si quieres ir al campo, vamos a ver a las vacas. Con esa frase había despertado. Sonreía. Mi familia en provincia tiene animales, un par de gallinas, un par de chanchitos, un par de borreguitos… Nada tan exquisito como las vacas. Nos recibió una vaca enorme, creo que era la favorita de la señora; le cantaba mimos y la revisaba con una gran sonrisa. Dame la sal. Mi amiga tomo una bolsa y la abuela sirvió un puñado de sal de grano en su mano. La vaca lanzaba lengüetazos. Esta es Lola, es la que da más leche. Era hermosa, quería sobarle la panza o acariciarle la cabeza detrás de sus orejas. Las vacas no son perros, me decía la abuela. Las vacas pueden llamarse Lola.

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Cuando le conseguimos “novia” a mi perro, nos gustó una cachorra a la que mi mamá siempre quiso bautizar como Lola. Nos seducía con sus enormes ojos, su pelaje blanco y sus manchas negras, parecía una vaquita. Mi mamá nunca le puso Lola, por respeto a la tía abuela Lola ¡Qué dirá la tía si se entera! Mi perra tiene un gran parche en el ojo izquierdo, la llamamos Catalina.

Me gustan tanto las vacas que me las como, sobre todo en forma de queso. Hace poco entré a una tienda de quesos y me perdí entre las figuritas de fibra que no sé por qué vendían ahí. Había cestos de todos los tamaños y formas, también animales; desde una jirafa y hasta un elefante. Luego vi a la vaca, con sus manchas, sus cuernos y un adorno coqueto en la oreja. Obviamente no compré queso, ya no tenía dinero. Tomé mi vaca y quería sobarle la panza, pero las vacas no son perros. Intenté con el lomo y descubrí que las vacas son alcancías; vacas que se cuelgan al hombro para juntar monedas y comprar queso. O vacas para guardar secretos: No le digan a mi tía abuela que mi vaca se llama Lola.

 

“Lola”

Fibra en técnica de torcido y tejido. Peña de Bernal, Querétaro. 2011.

iPesero

Había un cántaro monumental tan fastuoso que si lo abrazaba mis brazos no cubrían su gran circunferencia, las puntas de mis dedos ni siquiera se rozaban. Meses después descubrí un cántaro idéntico, tan pequeño que podía colocarlo en la palma de mi mano; tampoco podía abrazarlo. Me agradaban sus formas, las esferas deformadas en los polos. Me seducían sus colores, el tono naranja del barro y el tinte café de la tierra; las sierras contenidas.

En el mercado de San Cristóbal de las Casas, Chiapas, hay un laberinto. En el local amplio y de concreto están los vendedores de carne, quesos y pan; las mujeres que se pasean con una o dos bolsas de verduras marcan sus propios caminos. Afuera se acomodan con un puñado de frijoles, chiles o tamales sobre una lona de plástico; en uno de los costados, los puestos rodean al mercado con ropa de mezclilla, guajolotes, verduras, hierbas y todo lo que se les ocurra. Mi parte favorita está detrás de todos ellos, donde hay puestos de madera y cemento, ahí domina la oscuridad y los corredores estrechos que presumen las velas de sebo, los morrales de fibra, sombreros, mecapales, juguetes de madera y el barro.

Es como entrar al pasado, al mundo que no conocí. Lo que antes seguramente se vendía en enormes cantidades ahora está encerrado en bolsas de plástico o amontonado dentro del local, desbordándose sobre el pasillo. Iba caminando con unos amigos, nuestros pasos eran lentos para que los ojos se acostumbraran a la oscuridad. ¡Mira, un cantarito! me gritó una amiga y ahí estaba el cántaro de tres asas, esperando pacientemente que algo pasara. No era monumental, tampoco una miniatura; sus veinte centímetros de altura me hicieron sonreír. Nos detuvimos y cuando pregunté el precio, la señora muy orgullosa dijo: Llévenselo, son los diseños tradicionales tseltales.

Al menos en el mercado de San Cristóbal estos diseños no abundan, no hay quien los compre. El barro se rompe, cuánto es lo menos, las figuras de colores son más bonitas; y muchos visitantes no llegan a las entrañas del mercado, se quedan en la plaza o en los corredores turísticos a comprar lo que las maquilas guatemaltecas y chinas les tienen preparado.

Este cántaro tiene el tamaño perfecto, puedo entrelazar mis dedos por encima de sus líneas curvas y espirales; ver a detalle las formas de su boca y sobre todo abrazar la sierra contenida, cada trazo de los Altos de Chiapas.

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Cántaro de tres asas

Barro levantado a mano ornamentado con pigmento mineral y tierra. Amatenango del Valle - San Cristóbal de las Casas, Chiapas, Tseltal, 2010.

(Enero 2012)

 

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Los pueblos indígenas no se llaman como los llamamos, cada uno tiene su nombre, en su lengua. La autodenominación está relacionada con la cultura del pueblo y su pertenencia, en algunas lenguas mayenses: lacandón ­- Hach winik, chontal de Tabasco - Yokot’an, tsotsil - Batsil Winik’ Otik y tojolabal - Tojolwinik’otik el nombre significa: Hombres verdaderos, auténticos y/o que hablan la lengua.

La relación con los dioses es tan importante que sólo la pueden hacer los integrantes de la comunidad, esos hombres y mujeres verdaderos que con años de trabajo y experiencia tienen la sabiduría necesaria para interceder por el pueblo. Cuatro ancianos, dos hombres y dos mujeres eran los encargados de comunicarse con los dioses; hasta que un día, una epidemia arrasó con todos los viejos y algunos niños, sólo sobrevivieron los jóvenes y adultos.

Los sobrevivientes enviaron a cuatro representantes con los dioses, ellos les dirían qué hacer. Los dioses no respondieron. Fueron otros, no hubo respuesta. En el pueblo rondaba la muerte, el abandono mataba a la gente, animales y cosechas. Los dioses veían a las personas que se acercaban, reconocían los golpes del tambor y el silbido del carrizo pero algo estaba mal; no eran seres seductores, no eran sabios ni tenían arrugas ni cabellos blancos, no tenían el paso encorvado, lento y humilde de los viejos. 

Los jóvenes se reunieron y recordaron los ritmos del tambor y la flauta, las reverencias, las ofrendas y de grandes árboles hicieron máscaras donde tallaron las arrugas que les faltaban en la piel, de los pantanos sacaron las largas canas que no tenían y aprendieron a danzar. Acudieron con los dioses, bailaron durante días y no se quitaron las máscaras. Los dioses fueron seducidos por esos que parecían ancianos, al tercer día bajaron y les hicieron caso a los hombres, hablaron con ellos y aliviaron sus dolores. El pueblo revivió.

Ahora que termina el año, dicen que se va el año viejo y que llega uno nuevo. Comienzo a dudarlo. Creo que el año nuevo es una ilusión causada por esta máscara; es el año aún joven que se coloca la máscara para llamarse viejo e intercede por nosotros ante los dioses: ¿Qué no los ves? Necesitan un descanso, relajarse, darse la oportunidad de renovarse y revivir.

El fin de año es el momento donde se recuerdan los pasos de la danza, se talla la máscara con las arrugas y la sabiduría acumulada; se entretejen las canas blancas, listas para enredarse con las epidemias pasadas y los sueños presentes. Es tiempo de seducir a los dioses, de tomar el tambor y la flauta porque el próximo año haré, el próximo año dejaré… 

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Máscara de Viejo para Danza de Baila viejo

Madera de cedro desbastada y tallada a mano. Palma tejida a mano, cosida y cubierta con fibras de jolocín. Nacajuca, Tabasco. Chontal de Tabasco, 2012. 

(Diciembre 2012)

19 plays
Emilio Tuero,
En tiempos de Don Porfirio

Estoy segura de que en 1940 entré a una sala de cine, me senté en un asiento de la séptima fila y lloré de emoción al escuchar la serenata. Pero qué bonito canta, dijimos Joaquín Pardavé y yo al mismo tiempo.

Ahora son otros tiempos, ya saqué el home theater al jardín. Dejaré que corra la canción para hacerla de emoción y ya después me asomaré por la ventana.

Emilio Tuero - Serenata Mexicana (O Alevántate).

El suspiro es mi mejor modo de hablar,
no necesito decir más que el gemir
suelto y agotado; te quiere envenenar.

Elixir rápido y letal que ingerir,
que saborear, que empedernido desea
tu vacío y sentir que llena al sucumbir.

Caes, llenas y mi cuerpo fanfarronea,
tiembla y no es sino el silencio efímero;
el suspiro es mi mejor risa y gotea.

—Ar—